Los Destinos Cruzados

Los Destinos Cruzados es un ejercicio práctico desarrollado en el taller de Operaciones Visuales III del Magister en Artes Visuales de la Universidad de Chile. El terreno de reflexión y producción de este taller se sitúa en la esfera pública, entendiendo ésta no sólo como la antítesis del espacio privado, sino como la serie de posibles dinámicas y variables que le permiten al ciudadano habitar, comprender y configurar su propia realidad. Estas dinámicas, según Montse Badia, crítica y comisaria de exposiciones, incluyen medios específicos como la web, razón por la cual un proyecto como este, cuyo resultado no conducía a una intervención in situ ni mucho menos a la producción de un objeto, se presenta al público a través de este medio.
Los Destinos Cruzados (título tomado de la serie de novelas cortas escritas por Ítalo Calvino), surge a partir de dos ideas principales. Por una parte, como respuesta a una suerte de crisis creativa que me impedía llegar a una idea clara sobre la cual trabajar, y por otra, como resultado del desarraigo que se desprende de mi condición de extranjero en Santiago de Chile.
Es así como decidí acudir a una tarotista ambulante con el ánimo de encontrar en sus indicaciones, un posible camino, una señal que me indicara lo que debía hacer como ejercicio final. A la tarotista, ubicada cerca a la estación de metro Los leones, le hice la siguiente pregunta: "Quisiera saber acerca de un lugar en Santiago en el cual he estado pensando recurrentemente, un lugar difuso que quizás no exista pero en el cual puedo ser feliz, es decir... quisiera que me indicaras el camino que debo seguir para encontrar mi lugar en esta ciudad".
En base a tres cartas del tarot que elegí al azar (la baraja celta, si mal no estoy), la tarotista me reveló las siguientes señales acerca del objeto de mi búsqueda: Un lugar cerca a la Cordillera de los Andes, más exactamente en el Cajón del Maipo, el cual habría de estar rodeado de arboles y bañado por una fuente de agua. De manera más precisa, la tarotista me indicó que este lugar era una casa antigua en la cual, al entrar, experimentaría calor y recuerdos de otras vidas. Finalmente me dijo que un ave me indicaría la presencia de aquella construcción.
Con esta ambigua información inicié el viaje que a continuación describiré.

A Natalia Tobón, gracias, por la compañía y el registro de las acciones.


1.
Eran las 12 del medio día cuando tomé el metro rumbo a la conexión intermodal de la estación Bellavista de la Florida. No fue difícil llegar hasta allí, las señales del sistema de transporte masivo de Santiago indican bastante bien los posibles caminos: suba por aquí, gire a la izquierda, luego a la derecha, no pase, etc. La configuración de la ciudad contempla casi cualquier opción, dejando así un mínimo de espacio al azar y al extravío. Pero, ¿qué sucede cuando el destino de un desplazamiento no contempla más que una vaga referencia cubierta por especulaciones y fantasías, y más aun, cuando este desplazamiento se aleja de la ciudad conduciéndonos a zonas rurales en donde la codificación de los espacios no alcanza tal magnitud?
Esto me hace pensar en aquel pequeño mapa que el señor Francisco me enseñaba entusiasmado justo antes de tomar el autobús 72 con rumbo a El Cajón del Maipo. Éste, si bien era una representación casi caricaturesca de la región a la que me dirigía, adquiría total veracidad en palabras de aquel guía turístico.
-Desde el punto en el que nos encontramos, hasta aquí, hasta San José de Maipo –y hacía el recorrido con su lápiz- no tardará más de una hora y media, a menos, claro, que quiera dirigirse hasta este otro punto -continuaba moviendo su lápiz-, mucho más apto para un paseo a caballo o a pie, debido a la zona montañosa que usted puede ver acá…
-Disculpe -dije interrumpiendo al guía- pero no estoy interesado en ese tipo de actividades, en realidad viajo en busca de construcciones antiguas, solo eso.
-Claro, entiendo -dijo mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa.
Finalmente, y sin saber la razón, opté por la primera opción, San José de Maipo. Al fin y al cabo, me decía a mí mismo, qué importan veinte o treinta kilómetros cuando no sabemos a ciencia cierta lo que buscamos.


2.
-¿Es aquí donde debo bajarme?- pregunté al conductor.
-Sí, esta es la plaza de San José de Maipo, usted viene hasta aquí, ¿no?
- Si… eso creo.
En realidad no sabía bien qué hacía ahí ni a dónde dirigirme. Apenas un par de horas atrás estaba en el centro de Santiago tratando de jugar con el azar, de usarlo a mi favor, y ahora me encontraba sin la menor idea de lo que debía hacer en aquel lugar, como el despistado protagonista de un absurdo relato de ficción.
Guiado por unos jóvenes llegué a la cafetería Wiken, un negocio familiar ubicado en el centro del pueblo en donde supuestamente son ofrecidas las mejores empanadas de San José de Maipo. Allí inicié mi búsqueda, preguntándole a cada miembro de la familia González por una antigua casa, rodeada de arboles y cruzada por una fuente de agua. A pesar de lo extraña de mi pregunta, el señor Francisco González y su esposa, la señora Antonia, me sugirieron visitar el ayuntamiento del pueblo.
-Quizás allá puedan guiarlo –me decía la señora mientras intentaba controlar su risa- Ellos suelen tener registros de cada habitante del pueblo, y por supuesto de cada construcción… ellos lo saben todo.
Ante esto último, yo también me esforcé por no reír.

3.
Renuncié a visitar el ayuntamiento cuando vi que sus puertas estaban cerradas, además, pensaba, ¿qué funcionario público querrá ayudar a una persona como yo a encontrar una casa que quizás no exista? Fue así como preferí seguir vagando sin rumbo fijo por las calles del pueblo, hablando con cualquier persona que se cruzara en mi camino, haciéndoles a todas ellas la misma pregunta, pregunta que a esa altura, parecía la más sensata que hubiese hecho en mucho tiempo.
Cada persona buscaba ayudarme a su manera, cada una me sugería caminos distintos, pero ante tantas posibilidades y tan pocas referencias de peso, decidí entregarme a la desesperación y dejar todo en manos de la locura.


4.
-Señor, disculpe, ¿ve aquella casa oculta entre árboles?- dije señalando una gran construcción de ventanas blancas- Podría decirme algo… cualquier cosa sobre ella…
-Ese es el antiguo hospital para tuberculosos, fue construido hacia finales del siglo XIX. Hoy en día atiende a pacientes con diversos problemas respiratorios.
¿Podría ser esa sombría casa el lugar que había estado buscando durante la tarde de aquel día? Sin pensarlo mucho inicié el camino a través de las inclinadas escaleras que conducían hacia ella. Éstas eran tantas y tan malo mi estado físico, que vi en el mensaje de la tarotista una horrible señal de advertencia: Deja de fumar o terminarás muriendo en un lugar como este.


5.
El lugar era lúgubre, lo sé, pero aun así había en él algo muy familiar para mí. Y no me refiero, por supuesto, a los recuerdos de otras vidas de los que me habló la tarotista en Santiago; quizás esa familiaridad tenía que ver, simplemente, con aquella fantasía recurrente en la que me veo corriendo al interior de enormes construcciones olvidadas donde aún es conservada la magia de antiguos hechiceros.
Pero esta fantasía se fue al suelo rapidamente al ver junto a la casa, a varias personas en silla de ruedas tomando el tímido sol que llega hasta allí, leyendo revistas del tipo Selecciones y escuchando la distorsionada señal de alguna emisora local. Todos en silencio, haciendo parte de un paisaje que parecía resuelto a ignorar mi presencia.
Las preguntas, esta vez a funcionarios y equipo médico del hospital, volvieron a aparecer, y si bien las respuestas no fueron más alentadoras, algo en el juego había cambiado radicalmente. Una cosa era irrumpir en la vida de los habitantes de un típico y turístico pueblo chileno, y otra, muy distinta, irrumpir en la agonía de varias personas con estúpidas preguntas sobre un lugar que como el aire se me escapaba de las manos.


Epílogo
Regresé a la cafetería Wiken en busca de un baño y algo para beber. Ya no estaba ni Francisco ni Antonia. En su lugar, el padre de éste, Don Fernando, un señor que aunque sobrepasaba los 70 años gozaba de una memoria envidiable. Aunque ya estaba resignado a no encontrar "mi lugar en Santiago" (¡hace tanto estaba fuera de Santiago!), la costumbre me llevó a preguntarle al anciano por la casa que había estado buscando.
-Podría ir a la antigua casa de Don Eduardo Barrios, ex-ministro de educación de Chile. Allí vive uno de sus nietos... es el director de la revista cultural El Dedal de Oro- me dijo el afable viejo.
¿Qué tenía que perder si ya ni siquiera miraba al cielo en busca del ave-señal?
Al llegar a aquella casa me encontré con Juan Pablo, el nieto del señor Barrios. De nuevo dí mis explicaciones, hice mis preguntas y recibí, por supuesto, la respuesta esperada. Juan Pablo llevaba prisa así que la conversación fue corta. Mientras caminábamos me sugirió comprar la revista que editaba desde hace ya siete años, a lo que respondí que si, que me interesaba. No se trataba, desde luego, de un acto de maquillado interés, en verdad quería tener esa revista en mis manos y así se lo hice saber.
Lo que no le confesé a Juan Pablo es que esperaba encontrar entre las páginas de su publicación una leyenda acerca de una antigua casa, rodeada de árboles y cruzada por un pequeño rio, que había sido consumida hace cien años por un voraz incendio, llevándose consigo a su único ocupante, un artista que había huido de Santiago hacia San José de Maipo en busca de un poco de tranquilidad.
A pesar de mi curiosidad, opté por no esudiar a fondo la revista y dejar en este punto mi pequeño viaje a ciegas.





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